Be a Sadist (IV)

February 14, 2008

Hace unos meses, por esas cosas de la vida (o de las tetas, lo que al caso viene a ser más o menos lo mismo) tuve el honor de visionar la esperpéntica Lars and The Real Girl. Uno de esos despropósitos buen rollistas qué, como Juno, van por la vida gustándole al mundo en base a una cosa/sensación qué, dicho sea de paso, le pondría los pelos de punta al Michel Gondry más en armonía con el alma de la tierra: La Empatía.

Partiendo de una premisa que en otras manos hubiera sido una genialidad, una muñeca inflable/de plástico para el tonto del pueblo, se convierte en una oda a la mediocridad y al espíritu cooperativo de poblado alejado de la mano de Dios, ergo: de la civilización. Carente de vicios, manías y maldad, a la vez que lleno de simpáticas puñeterias.

Una película, a todas luces, de reivindicación de la norteamérica profunda. Como si fuera un simple mal necesario, como sí, ejem, hubiera necesidad de reivindicar el un fenómeno qué, incluso sin Jim Goad o Michael Moorede por medio, se reivindica a sí mismo en base a su propia existencia, a su perdurar y a su impúdica extensión. Para los (pre) juicios, colores.

Según los tres sujetos que me acompañaban, la película había estado filmada en algo así como Islandia -confirmado Sigur Ros hace MUCHO daño- por una directora Francesa… lo que pasa es qué, claro, mensaje no le faltaba.


Dia Internacional del Traje de Gorila (Resaca)

February 1, 2008

Día Internacional del Traje de Gorila (2008)

January 31, 2008

Necrofílicas (I)

December 29, 2007

Me acabo de enterar que Karlheinz Stockhausen ha muerto. El 5 o el 7 de diciembre. Google miente, sabemos. Me acabo de enterar que una de las mentes más pre-claras de la historia de la música la ha palmado y tengo la piel de gallina. Igual y es, sobretodo, porque hace unos meses le di la mano e intente decirle, entre titubeos, qué muchas gracias por todo y tal. Me sonrió como sonríen los mendigos cuando les das más de un euro, y luego intercambiamos palabros por algo así como 10 minutos. En su momento no lo pensé así, jamás me hubiese permitido pensar uno de mis mitos como mendigo, pero no recuerdo cuan lejos del mundo estaba yo hace veinte días que no me he enterado de nada.

Hace un tiempo atrás, una de las criaturas más bellas de la creación me decía que a ella le habían quedado los libros. Hablabamos de la muerte de Vonnegut, quien había muerto justo ese día, y de cómo podía ser posible que soltaras unas cuantas lágrimas por alguien que no conociste jamás. Yo le dije, al tiempo que algo dejaba de ser como era hasta ese momento, que a mi me quedaba el haberlo leído y releído. Ella no entendió, por supuesto, porque la vida es así de cruel siempre no por otra cosa, y contraatacó con una idea de la psicologia que de tan tierna provoca compasión. Tiempo después, meses después, nos encontramos en una libreria a la que tiendo evitar porque ordenan los libros por editorial. Ella llevaba varios libros de Vonnegut bajo el brazo e inclusive habia tomado uno de Pynchon, si mal no recuerdo, porque, claro, estaban en oferta. Cuando murió Vonnegut las librerias llenaron las estanterias de sus libros, así como los blogs se llenaron de lugares comunes respecto a su persona, pero nadie los compró los libros como espero que nadie que no haya leído a Vonnegut haya leído esos blogs. A los meses, antes del período natalicio, es decir: en Octubre, en las librerias saldaron los libros de Vonnegut que compraron de más y en los blogs todo volvió a la normalidad y, muy a nuestro pesar, no se escuchó/leyó ninguna palabra más sobre Vonnegut.

Ayer por la noche veía un video de Bukowski, ese donde lee en San Francisco gracias a Ferlinghetti que lo llama y le dice que es el mejor y el más grande escritor de su generación, y pensaba en como el viejo perdía fuerza o algo a medida que tomaba conciencia de que el séquito del City Lights le iba a reir las gracias. Todas. Como esos niños que eructan en los cumpleaños de otros niños o para hacer reir a los otros niños o, lisa y llanamente, por joderle la vida a sus padres. Por hacerlos pasar un mal rato, por verlos sonrojarse.

Mi madre odiaba que yo escuchara a Stockhausen en el tocadiscos de casa y no sé hasta que punto esto explica qué cosas.