Es legítimo preguntarse hasta qué punto la pesadilla o la piel de la pesadilla es tan radical como enunciaban sus cultores. (I)

January 27, 2009

La cultura es una industria. De hecho, lo que no es industrial, acostumbra a no ser cultura. Un testimonio cultural que no tenga ramificación industrial, no es cultura. Es marginalidad. En ocasiones, por otra parte, marginalidad sin ningén tipo de calidad. O sí. Ni idea. Nunca lo sabremos. No existe.
Guillem Martínez.

El ánimo iracundo que Roberto Ampuero puso en manifiesto en la prensa escrita hace unos meses, respondiendo a Patricia Espinoza y a Leonardo Sanhueza, podría justificar hasta su falta de conocimiento, sí. Y supongo que lo suyo es partir diciendo que Roberto Ampuero está en todo su derecho de hacer lo que hace y hacerlo como lo hace, porque Ampuero, bendecido por su ignorancia y ungido en su falta de memoria, hace un berrinche infantil y de poquísima monta -como su literatura, vaya- para defender a sus lectores, clientes y/o sus consumidores. Que es, digamos, lo que haría cualquier vendedor del tres al cuatro: Defender su patrimonio en base a cuán bien es aceptada su mercancia. Roberto Ampuero es, entonces, conciente de que su capacidad como escritor es menor y que lo que importa en la cloaca que supone su parcela literaria es, como él mismo parece asumir, la rentabilidad.

Hace poco una señora inglesa de cincuentaytantos -a quien sin lugar a dudas le regalaría un libro de Ampuero si no fuera porque yo regalo cosas que me gustaría que me regalasen o me hubieran regalado a mi- me decía que no veía Te-Vé® porque para eso, ejem, tenía los libros. Con para eso, se refería, cosa que ha subrayado, a evadirse. Le basta, digamos, con situaciones infantiles y de poco brio literario o linguístico porque a ella no le preocupa la literatura -¡Ni falta que hace!- sino que, muy por el contrario, le preocupan las pasiones fatuas y ridículas, el ritmo continuo y sosegado, las historias sin mucho asunto donde siempre, según qué humor, pueda o pudiese sentirse identificada. Que nominara a Doris Lessing y al recientemente galardonado De Cleziò no es otra cosa que una ratificación de esto mismo, de la evasión, porque a pesar de que el fin sea siempre el mismo, el evadirse, hay también una búsqueda ulterior de respetabilidad que se manifiesta en el lector minimamente enterado.

Nota: Los media funcionan como la caja de cambios del motor de la lectura, la evasión, dando brios, saltos mortales y peligrosísimas trampas formales con errores de raccord para encubrir este objetivo primordial, la evasión, con un manto de -¡Atención!- respetabilidad.

Los Premios son, entonces, una herramienta de la industria para volverse sustentable en un campo de ideas confusas y de finalidades opuestas. La industria es siempre, y esto conviene apuntarlo, el testimonio de una cultura; de ahí la importancia de la Serie B y el Folletón. La pregunta entonces se convierte en: ¿Qué es lo que le molesta a Ampuero si él mismo dice, a su modo, todo esto? Imagino, luego de intentar recordar con un esfuerzo sin par y doloroso sus textos y entrevistas, que lo que le molesta, profundamente, es ser acusado de mercachifle, ser denostado por tener una obra de una escasa calidad literaria y de encarnar, sin duda alguna, el sino del escritor progre y de derechas que no soporta la imagen del escritor que escribe sin pensar en ventas ni en lectores. Se me antoja entonces que el sueño húmedo de Ampuero no es una fémina, no; su sueño hémedo, lo que se la pone dura, son los anticipos cuantiosos. Cambio de tercio: ¿Cuál es el problema de Ampuero? El problema de Ampuero es que sabe, sin lugar a dudas, que carece de talento y de la corrección política necesarias, ambos elementos indiscutibles al momento de urdir un premio o ser premiado, y por ende tiene que construir su relación con el lector/consumidor a partir de sobarle el lomo y de proponerse a sí mismo -los tiene cuadrados, el pobre- como un mártir ante una crítica anoréxica. Sí, ahí Ampuero acierta, porque los corsarios del ataque personal , como él los denomina, se atacan a sí mismos leyendo o masticando best-sellers.

Nota: Una anoréxica es un alguien, una personita, que en el espejo se ve feucha, horrible, pobre y sin tezón, y que se pone a prueba para mejorar(se) segén lo que demanda el entorno o lo que es o le resulta vecino o cercano. Esto corre también para los anoréxicos, aclaro.

La figura de la anoréxica es la mejor metáfora posible que se le puede otorgar a la crítica chilena porque es una crítica que, como muy bien apunta Matías Rivas, se ve obligada a catar mierda debido a que la narrativa chilena carece de firmas suficientes -¡El Autor, El Autor!- que la ratifiquen como tal. Me explico: Si la poesía Chilena es un perro, como diría Bolaño, la narrativa chilena es, ahora mismo, en el caso de existir, un piojo o, en el mejor de los casos una garrapata, que se alimenta, como muy bien señala Alejandro Zambra, de lo que Neruda inventó. Que no es otra cosa que un balbuceo elegante, un fraseo literario que favorece el rodeo y la eterna divagación; y así el hecho de que el último libro, el que ha llamado a la polémica, de Ampuero se llame El Caso Neruda, no es otra cosa que, ejem, justicia poética.

Es bueno a este punto decirlo en voz alta (carraspeo): Todos tienen derecho a hacer berrinches infantiles, a ponerse en pie de guerra sin teología ni geometría, a reactivar mecanismos de ningún valor retórico, todos. Inclusive Roberto Ampuero. No importa si el problema de Ampuero es que confunde criterios mínimos porque Ampuero lo que quiere es asegurar su parcelita. Ampuero, repito, lo que quiere es vender y, de paso, con sus errores formales, su prosa cursi y su ignorancia bendita porque a sí misma se desconoce, tener lectores. Ambas cosas imposibles de separar o dividir, la venta y los lectores, porque hablamos de público y el público es un ente que al momento de consumir, independiente de lo que consuma, no se equivoca. Nunca. Y esto, la beligerancia con la que se manifiesta la profunda verdad de El Consumo, es algo que la Crítica no entiende y que no tiene por qué entender ya que su terreno lo demarca, para bien o para mal, una función muy distinta a la que llevan a día de hoy reseñistas y redactores o redactores y reseñistas o reseñistas redactores o redactores reseñistas o lo que sea, oiga, que lo que importa es ayudar a vender. O no. Bueno, sí, y esto venía a que estabamos hablando de la crítica, de su labor y de su condición que debe ser entendida como presente o como un tratar de explicar lo que acontece o nos acontece en función de su especialidad e independiente de los buenos modos, de regirse por ellos. Recordad a Benjamin, porfis, aunque no lo merezca del todo.

Les voy a contar un secreto: La crítica chilena sí que ha emprendido una campaña en contra de los autores más vendidos (como Ampuero, como Isabel Allende o el mísmismo Neruda) así como ha producido, desde cierto punto de vista, que algunos autores subsistan o, lisa y llanamente, existan en un paisaje para nada alentador. El problema es producto de la disparidad de criterios que se le suponen a la crítica, siempre solventados en dinámicas de la (c)academia y el mercado, ambas dueñas de valores irreconciliables. Aunque claro, la Crítica chilena con su accionar guerrillero y militante, que en un Tabloide como Las Últimas Noticias cuenta con un espacio de una página diaría, descubrió, aplaudió, difundió y articuló a Bolaño diez años antes que en EEUU; aún deseando, como diría Zambra, que no fuera chileno. Que luego Herralde se la metiera doblada -a la Crítica Chilena, no a Bolaño- es otro tema.

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  1. El asunto es si Internet debe metersela doblada a alguien. O cual es la guerra de Internet. Pero sé que habrá secuelas. Por lo demás, excelente post!

    Comment by Alvy Singer — February 1, 2009 @ 3:12 am

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