Al elegir un objeto sustitutivo que deviene su signo, parece beneficiarse de este arreglo con lo real (I).
January 15, 2009
Hay dos maneras de referirse a Californication. Una correcta y otra complaciente e idiota. Por ello, porque somos complacientes e idiotas, nada ni nadie define mejor a Californication que Fito Páez.
.“Me gusta estar a un lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta abrir los ojos y estar vivo
tener que vérmelas con la resaca
entonces navegar se hace preciso
en barcos que se estrellen en la nada
vivir atormentado de sentido
creo que ésta, sí, es la parte mas pesada”
El problema con las definiciones -que no son más que un conjugar bien las palabras, unas y otras, a fin de darle veracidad a un universo muchas veces ilusorio y analfabeto- es que a menudo no dan muchas posibilidades para el juego o el fuego. Aunque, sí, convengamos que Fito Páez está para ponerle a las brasas por puro placer altruista. Pero, mea culpa, nos llama a evocarlo el hecho de que encontramos en su obra imágenes y momentos de malditismo ridículo, de borrachismo insulso y de, ejem, poesía de la peor calaña. Donde en teoría deberia haber fuego solo hay juego de imposturas sin ningún interés. Elemento, el interés, del cual carece también la moralina chillona entendida como Cinismo de Salón™ que Californication vomita en orden creciente a cada episodio y que llega al paroxismo en el ridículo final de la segunda temporada.
Es necesario ser conciente de que el ridículo en general tiene sus fans, alicaidos seguidores o lacayos de un sistema mediático de lo más patético. Sujetos que donde les pongas tres cositas mal contadas, tres Claves de Continuidad Conceptual® que les pondría enunciar su abuela -sobretodo en el caso de que hubiera leído a Corín Tellado-, van a estar felices, contentos y de muy buen cuerpo. Lo importante, el mérito de cualquier obra, parece recidir en si estas Claves de Continuidad Conceptual® tienen que ver con la gestión cobarde la animadversión, independiente de la relevancia de la misma. Al parecer, la aceptación de un producto mediático pasa solo por la cantidad de molestias que pueda inferir en la moralidad general y no de su alcance real ni de su valor como producto. Porque ahí, en la colera medida y en la pose altanera, todo resulta resultón, muchísimo más fácil y directo: la exposición de un malestar resulta un acto de incomparable teatralidad y los argumentos, como nos ha enseñado The Hit™, dependen mucho más de la aceptación que el respetable haga del énfasis con que son expuestos más que de la veracidad o funcionamiento de su condición, en este caso, de producto audiovisual.
En una sociedad como la nuestra, donde no se propone otra cosa que el bienestar bajo cualquier costo y donde las concepciones de espectáculo, cinismo y cultura, por decir algo, han sido distanciadas hasta de su propria etimología -a este accionar le debemos la confusión, el caos invasivo e involuntario que se produce en espectadores y consumidores producto del abuso de la palabra ‘crisis’, por ejemplo- le viene de perlas que se retome la enquilosada figura del maldito mientras se sustente sólo en la incontencia verbal y el follar/beber/fumar¹ sin mirar a quién, para así proponer, por decirlo de alguna manera, un modelo complementario y complaciente para la escuálida lógica del sufriente espectador de turno. Lo importante parece ser que detrás de toda esta altaneria se esconda un valor de gusto universal o para todo público, como en los relatos morales o las fábulas. En el caso de Californication, un flechazo de la juventud. El problema, ya puestos, es que ante este obvio accionar el espectador no sufre, sino que se recrea o enaltece porque nuestro amigo el espectador -un mero consumidor de esta cultura, como usted o como yo-, goza hasta desangrarse al encontrar en la fuente de todos sus reclamos² y carencias una figura en la cual cobijarse. La gracia radica en tener un bufón disfrazado de héroe que, como en este caso/caos que nos convoca, hable o se manifieste de forma irresponsable e insultante ante los avatares que le supone el erigirse como último bastión moral de occidente (je) con un pitillo siempre colgándole coquetamente de la comisura de los labios. La idea es, entonces, hacer del cliché una trampa para presentarla como una obviedad esquiva y, por ello, moralmente incómoda. Y eso, en general, es lo que queda: el alcance ambiguo de esa incomodidad en función de una moraleja digna de, como deciamos, Corín Tellado.
‘En sí un niño es alguien insensato y crédulo. Su capacidad para divetirse es proverbial. No suele fumar y sus chistes a menudo o son malos o tontos. Poco más. La gran preocupación de los gestores capitalísticos es crear las condiciones objetivas para explotar todo eso -esencialemente iracionalidad, credulidad y capacidad de diversión-, generando beneficios colosales y sin que nadie pueda llamarte por ello cosas feas o acabes en prisión recibiendo palizas monumentales, es: ser pederasta sin ninguno de los riesgos que tal postura conlleva. Buscar coartadas. La coartada mayor de la historia de las coartadas es la llamada cultura juvenil.’
Ibáñez, Miguel. “¡Zap!: Caos, capitalismo y televisión”. Ediciones Futura, Barcelona, 1995 (pp. 44)
Entonces, resumiendo que es gerundio, el problema de la relación entre el espectador de este tipo de contenidos y los contenidos en sí -relación que, por cierto, aliviana el juicio o la necesaria posición al provenir de una ecuación que involucra a partes iguales la irracionalidad, la credulidad y las ansias de diversión- pasa a ubicarse en la nicotina, de las variedades de su uso. La idea de adultez y de madurez, así como la posibilidad de erigirse como bastión moral, proviene de el exagerar acciones legales como el fumar o el beber en función de una anécdota o impostura. Lo que deviene en buscarle a la actividad adolescencional del fumar a escondidas una carga mística o épica a fin de no perder la ilusión de madurez y adultez propias de los pitillos a la salida de la escuela. No me cabe ninguna duda de que en el paisaje actual la obra de Guy Debord se pueda resumir, dios me perdone, a lo siguiente: ‘Entre las pocas cosas que disfruté y supe hacer bien, lo que sin duda supe hacer mejor es beber’³ . Ustedes, los que se ubican al lado del camino a reirle las gracias a cualquier iconismo lacerante por obvio, no hacen menos que confirmarlo.
Volveremos sobre ello.

¹ Todas acciones, a su vez, condenas o suicidios concientes a mediano plazo, según los media.
² Este tipo de espectador o fan, por cierto, tiende habitualmente a declararse crítico hacia su entorno (aunque no hacia sí mismo)..
³Debord, Guy. “Panégyrique. Tome Premier”. Éditiones Gallimard, Paris, 1993. (pp. 42)


Muy bien expuesto. De hecho yo, como seguidor de ‘Californication’, soy el primero en reconocer mis concesiones a lo que me ofrece el producto, no sé si fruto de un plan concienzudo o de un esputo gratuito e irreverente. Por otro lado he descubierto algunas virtudes escurridizas, unas que, creo, sólo pueden hallarse tras enfrentarse a la manipulación que del personaje-emblema hace la serie. Uno puede conformarse con reírle las gracias al payaso de Moody, o puede ir un poco más lejos y contemplar la fauna cretina que le rodea y que de algún modo invoca la presencia de tipos como él.
Por otro lado, totalmente de acuerdo en que la mayoría del público de la serie comulga con el personaje principal sin juzgarse a sí mismos, acomodados en el burladero del sofá, separados por ese muro fino que es la ficción.
En su día intenté resumir el juego que promueve la serie de este modo:
“[…] el hecho de presentar a un escritor odiado por ignorantes y amado por idiotas”
Comment by Mario Vírico — January 15, 2009 @ 3:34 am
Hank Moody no es un “maldito”, o al menos lo que castellanamente entendemos por maldito. Muy al contrario, es un escritor de best seller, con cierta pátina intelectual –no desarrollada en el guión de la serie, por lo que cualquier elucubración sobre el tema es sólo eso, una elucubración-, cuya obra principal ha sido convertida en un “blockbuster” romántico protagonizado, nada más y nada menos, que por el avatar del peor cine palomitero: Tom Cruise.
Tras tu farragoso circunloquio nos ofreces una obviedad: la serie es moralista. Más alguna otra presunción disparatada, que debido a su tortuosa construcción gramatical omitiré.
Californication es una serie donde se roza la apología de la drogadicción, el alcoholismo, el comportamiento sexual del protagonista, sobre todo en la primera temporada, parece fruto de algún desorden síquico, etc, etc.
La serie puede ser producto de una gamberrada, de ver hasta dónde estaban dispuestos a llegar los de Showtime, pero es un error juzgarla por el contenido nominal del argumento, pasando por alto los pormenores de la vida cotidiana de Moody.
Como es un error negar su irreverencia, tratando de controvertir lo incontrovertible en la busca de esa ociosa originalidad proparoxítona, tan propia de las posiciones intelectuales de vanguardia.
Comment by Lew Ashby — July 27, 2009 @ 2:14 pm
Y firmas como el amigo de Moody en la Serie, tío.
Comment by Hijo Tonto — July 27, 2009 @ 5:54 pm