Posiblemente nos encaminamos, con una lentitud espantosa, hacia nuevos temblores formales.
September 7, 2008Fue hace algo así como trece, catorce o diez años atrás cuando en una Feria del Libro, en Santiago de Chile, me tocó ver, no ya en primera fila sino que pegado al escenario, a Nicanor Parra quién, haciendo una entrada triunfal, escribe en una pizarra:
Hay un coseno alfa que no cuadra, el siglo XX y yo nos estamos muriendo.
En mi memoria, que lamentablemente no puedo ayudar porque las fotos del evento (que yo mismo disparaba nervioso y cuya calidad me alejó del todo de la fotografia) descansan al otro lado del charco, le sigue un dibujo, que no recuerdo si era uno de los ahora clásicos artefactos o un triángulo que presumo equilátero. Un coseno alfa, decía el viejo y el público, ea todos los que abarrotabamos la sala, aplaudíamos como si se tratara de un concierto de Rock o algo así. Nunca más he vuelto a ver a un poeta saliendo a dar un concierto de poesía y que el teatro, o anfiteatro, parezca venirse abajo.
Recuerdo a Don Nicanor Parra, quién, por cierto, nunca ha dictado misa pero que en/con su obra nos ha mostrado el camino del bien y del amor -cosa que no podemos decir de casi ningún cura, religioso o no, y mucho menos de ningún pope, salvo, quizá, alguno que se haya autoasignado el cargo.. uhm no, no se apuren: ya les digo yo que tampoco-, y, ahora que lo pienso, ese camino está escrito con ceras y tizas porque es una tradición que viene del juego y de lo cotidiano, y lo jodido es que es lavable o eso nos dice la post-modernidad nuestra de cada día con su seriedad propia de la erudición de kiosco, esa que se permite todo porque es facsimilar y, sabemos, las solapas, que son El Orden, son dificilísimas de pillar. Se ha perdido, aish, la huella. Pero estabamos en que Don Nicanor Parra llega y hace acto de presencia real, porque deja huella, que es patrimonio y es boutade que resuena desde entonces en mi cabeza, y la gente aplaude y él abre su maletín de profesor que sólo reconozco de películas porque mis profesores siempre han sido unos seres grises y cobardes y saca unas hojas blancas que parecen impresas pero como estoy cerca veo manuscritas por una letra que se me antoja generacional, como diría Pérez Andújar, porque es similar a la de mi abuela y su kilo de pan, su mermelada y sus tomates para cuando tengo que volver de la escuela. Pero esta no es la lista de las compras y lo sé porque sin tener que guardar la caligrafía con máxima cura reconozco esas palabras que ahora salen de la boca de Don Nica y las conozco de memoria, porque cuando leo a Bertoni, muchos años después, con su poema que se llama Harakiri y que dice mucho, ‘Leo y leo este libro./No sé si lo estoy leyendo/o me lo estoy enterrando’, lo primero que se me viene a la mente es un libro de Parra que yace destrozado, ajado de lecturas y relecturas fruto de la de fascinación de niño que queria, ya mismo o allí mismo, ser viejo. Recuerdo escuchar los poemas que no conocía con un embobamiento que pocas veces he experimentado, y recuerdo, también, un texto de Bolaño que he buscado especialmente para la ocasión.
El que sea valiente que siga a Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado.
Don Nicanor Parra nos enseño, sobretodo, que Joder La Paciencia™ era lo suyo y que a ello se debía orientar una obra cualquiera, que estar pendiente de los designios decimonónicos de la (c)academia no era menester. Con Don Nica aprendimos, también, que había que volver atrás y recordar a Jarry y a Cervantes, o viceversa, y que teníamos que aprender a leer a Shakespeare, a pesar de que no haya inventado nada, el pobre, y entender que lo que vendría siendo, más o menos, el Cánon de nuestra literatura era errado por filisteo/fariseo o por cara-pálida, aunque le joda a Jodorowsky, y que esto último, no lo de Jodorowsky, era culpa de Borges que veia en el Martín Fierro de Hernández lo que buscaba, no lo que había, que en palabras de Rulfo no sería otra cosa que asumir nuestra precariedad agropecuaria. Precariedad agropecuaria que, dicho sea de paso, a Borges le resultaba lejana.
Cabe recordar, a estas alturas, que Poemas & Antipoemas tiene más de cincuenta años y que el tumulto posmierdalista sigue divagando sobre las mismas cosas. Yo no estuve allí, porque no tengo la edad, claro, pero entendí en esa tarde de domingo y de casi verano, donde las señoras aplaudían las andanzas de El Cristo del Elqui de la boca del propio Parra, que el intelectualismo Helénico, ese que emborracha perdices, que diría también Parra y esta vez refiriéndose a Nietzche, era caduco a su modo y que lo que nos tocaba era movernos entre lo consensual y lo marginal sin camisetismos que conviertan el ánalisis o el mero disfrute en un iluminismo bastardo que se preocupa más de sostener egos ridículos, el ego de un mero consumidor no puede ser otra cosa que ridículo, que esto ya lo ha dicho Debord, pero no olvidemos que estamos a poco de que se cumplan cien años de que Eliot, el cándido Eliot que diría Bolaño, dijera que por ahí por los años veinte se produjo una disociación de la sensibilidad de la que no hemos vuelto a recuperarnos. Y esto último no debería llevar a mesarnos los cabellos, guardemos energias para cuando se cumpla la profecía de Cravan, que ya estamos en haras de ello, guardemos energias para cuando pase eso de que “Todo parece ser un juego de taberneros, estibadores y artistas haciendo de bandidos“. Oh, ahora que lo pienso, deberían/deberiamos desesperar, pues parece que esto ya está pasando. Y Parra tiene más razón que un santo.

Corolario: No importa quien lo dijo: La hora de sentar cabeza no llegará jamás.

